La puesta en escena estará intensamente sostenida por una escenografía que convertirá el escenario en un espacio de planta circular.

Una envolvente curva será el marco que, paradójicamente, creará la inmensidad y la frontera del mundo de Francesca, la protagonista de esta gran historia. Si bien ilimitado geográficamente, no dejará de ser un espacio que la rodea y encierra. Sin aristas, repetitivo y protector, allí estará todo cuanto ella acepta y atesora. Allí también, contra toda expectativa, llegará el huracán de lo nuevo que en los inolvidables cuatro días de la historia de la obra hará de Francesca una mujer para siempre escindida.

La escenografía rememorará las imágenes naturalistas de la película, a fin de convocar a la memoria emotiva de muchos espectadores que hayan disfrutado de la película y la atesoren en su corazón. Pero tendrá, también, su personalidad, novedad y autenticidad teatral, con efectos de proyecciones y minuciosos detalles en las variadas configuraciones espaciales que se sucederán en el vasto rango de escenas a través de las cuales se desarrollará la obra.

Una cuidadosa maquinaria escénica y compleja automatización de pisos permitirán que todos los cambios sean ejecutados a vista de público, a fin de provocar una cabal inmersión del espectador en la trama.

El espacio se transformará y surgirá la aparición de las dos locaciones más importantes de la historia: la casa, ubicada en el campo cercano a un pequeño pueblo del Condado de Madison, y el célebre Puente de Roseman. Ese puente rojizo, de listones de madera cruzados y techo abovedado, testigo de la memorable historia de amor del fotógrafo de la National Geographic y del ama de casa pueblerina, será la metáfora del inquebrantable vínculo de los amantes. Aquello que une, pero que también separa, trasciende, y perdura para siempre.

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