La partitura de “Los Puentes de Madison”, de Jason Robert Brown, es una composición de poderosa intensidad e impecable refinamiento.

Una escritura musical que agrega espesor a la historia de dos almas y dos mundos antagónicos que se encuentran en circunstancias tan imprevistas como improbables. El europeo de Francesca por un lado, representado por melodías, armonías y ritmos (”Hacer un hogar”, “¿Cómo llamar un hombre así?”, “Casi real”) que acentúan el bagaje emocional que emana de las raíces propias de la historia de la heroína, y una música de amplísimo registro vocal donde cada nota sale del corazón. En contrapunto, se presenta el mundo de Robert, América, con una épica folklórica imbuida de su experiencia como fotógrafo documentalista, a través de canciones como “Todo se va”, “Quieres saber”, “Un segundo y un mundo por andar”.

La orquestación es muy inteligente: guitarras, mandolina, percusión, piano y teclados, a los que se suman, para enmarcar secuencias inolvidables, las cuerdas del violín, cello y contrabajo, sonidos que sellan, como bajo la fuerza de un hechizo, la unión de estos dos mundos.

La partitura de Brown también remite a la música country del interior de los Estados Unidos, del ambiente rural inconmensurable y aldeano a donde llega Francesca a vivir, y a la música blues, aquella que sonaba, dulce y sugestivamente, en las radios hacia mediados de la década de los ´60. Es, sin dudas, una partitura rigurosamente lograda que da voz y legitimidad a cada uno de los personajes a lo largo de toda la representación.

En lo que toca a la pura historia de amor entre Francesca y Robert, traza el exacto recorrido que ilustra y sublima, en formidables dúos de amor, aquello que, si bien pareciera poder acontecer de manera efímera en el marco de una cotidianeidad arrasadora que condena todo al olvido, permanecerá, sin embargo, para siempre, como una eterna llama de amor que ni siquiera la muerte podrá apagar.
A.N.

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